El juego libre, que durante generaciones formó parte natural de la infancia, está perdiendo espacio frente a las agendas escolares, las actividades programadas y el uso constante de dispositivos electrónicos. Expertos destacan que recuperar esos momentos de juego espontáneo puede ser fundamental para fortalecer habilidades como la creatividad, la atención y la memoria.
Hace algunos años, para que un niño comenzara a jugar bastaban unos amigos, una pelota, una bicicleta o incluso objetos sencillos que pudieran convertirse en parte de una historia inventada. No era necesario que un adulto organizara cada actividad ni que existiera un programa específico para ocupar el tiempo libre.
Actualmente, esa dinámica ha cambiado. Muchos niños tienen jornadas más estructuradas, con horarios escolares, tareas, actividades extracurriculares y desplazamientos que reducen considerablemente las oportunidades para jugar sin instrucciones.
El problema no radica únicamente en que exista menos tiempo disponible. Cuando finalmente llega un momento de descanso, algunos menores se encuentran cansados y optan por actividades que requieren poco esfuerzo, especialmente aquellas relacionadas con teléfonos, tabletas, videojuegos o televisión.
El impacto de las pantallas
La tecnología se convirtió en una de las principales alternativas de entretenimiento durante la infancia. Las plataformas digitales ofrecen imágenes, sonidos, recompensas y cambios constantes que mantienen la atención durante largos periodos.
En comparación, el juego tradicional puede parecer menos atractivo al principio. Construir algo con bloques, inventar una historia, dibujar, jugar con otros niños o explorar un espacio requiere paciencia, imaginación y concentración.
Sin embargo, esa diferencia también explica por qué el juego libre resulta importante. Al no existir una respuesta predeterminada, los niños deben crear reglas, tomar decisiones, resolver dificultades y modificar sus ideas sobre la marcha.
Estas experiencias permiten ejercitar capacidades relacionadas con la creatividad, la resolución de problemas, la atención y la regulación de las emociones. El juego también ofrece oportunidades para aprender a negociar, compartir y solucionar desacuerdos con otros niños.
El papel de los adultos
Otro cambio importante se encuentra en la forma en que los adultos acompañan la infancia. Padres, familiares y profesores, muchas veces con la intención de ayudar, pueden terminar organizando demasiado el tiempo de los menores.
Decidir constantemente qué actividad realizar, intervenir ante cada conflicto o evitar cualquier momento de aburrimiento puede reducir las oportunidades para que los propios niños encuentren soluciones.
El aburrimiento, aunque suele considerarse negativo, puede convertirse en el punto de partida para la imaginación. Cuando no existe una actividad preparada, el niño debe buscar alternativas, crear juegos y transformar objetos cotidianos en elementos de su propio mundo.
Por eso, permitir que un menor diga “no sé qué hacer” y darle tiempo para descubrirlo por sí mismo también forma parte del aprendizaje.
Recuperar el tiempo para jugar
La recuperación del juego libre no necesariamente implica eliminar las actividades escolares o extraescolares. Se trata de encontrar un equilibrio que permita que los niños dispongan de momentos sin una planificación permanente.
Reducir el tiempo frente a las pantallas, favorecer espacios seguros para jugar y permitir que los menores compartan con otros niños son algunas medidas que pueden ayudar a recuperar esa parte de la infancia.
El juego no necesita ser costoso ni estar acompañado de juguetes sofisticados. Un espacio abierto, materiales sencillos y libertad suficiente pueden ser más que suficientes para despertar la imaginación.
En una infancia cada vez más marcada por la tecnología y las agendas ocupadas, proteger el juego espontáneo representa también una forma de cuidar el desarrollo de los niños. Darles tiempo para imaginar, equivocarse, crear sus propias reglas y resolver problemas por cuenta propia puede aportar aprendizajes que ninguna actividad completamente dirigida consigue reemplazar. (MSN)

